La chica de la recepción no mira, apenas contesta el saludo, toma el papel y tira al aire la cifra de la diferencia que hay que abonar.
En ese instante cruza en la memoria alguien que supo ser “mi” bioquímica durante varios años.
Con toda dulzura, miraba a los ojos antes de cada extracción y preguntaba “qué pasa, quién te atiende…” y te entretenía con una brevísima charla hasta que decía, “listo” y no dejaba salir sin el caramelo de la canastita a su lado.
Nelly Abraham de Strizic, había trabajado en el hospital Oñativia, junto al famoso médico que erradicó el bocio como endemia por falta de yodo en el noroeste argentino.
Además de ser una eminencia, especializada en tiroides, era una mujer extremadamente amable con cada paciente.
Fue una verdadera desobediente que estudió pese a todas las dificultades de su tiempo, siguiendo la vocación.
Muy luego, había descubierto – en una instancia de enfermedad propia- la importancia de la amabilidad hacia el enfermo y como quien ora, practicaba esa máxima cada día con todo paciente que llegara a su consultorio. Trabajó con entusiasmo hasta los setenta y tantos. Falleció en el 2012.
Pago la diferencia y obedezco sobre la nueva fila que “debo” hacer, según órdenes recibidas por la secretaria detrás del biombo y ahí nomás diviso en el recuerdo la sonrisa del Dr. Juan Sergio Cuesta, el pediatra que me curó de una neumonía a los 12 años.
Cada noche llegaba a verme.
Eran épocas en que los médicos salían a visitar a sus pacientes y recuerdo una en especial. Dormitaba por la fiebre y cada vez que abría los ojos lo veía sentado en una silla al lado de la cama, tomándome el pulso con los ojos cerrados y escuchando el vaivén del aire que entraba y salía de mis pulmones.
¿Cuánto tiempo habrá estado?…una eternidad, tanto que me acompaña hasta hoy.
Me pregunto ¿cuántas horas trabajaría?, porque la sala de espera del consultorio austero de su casa, estallaba de madres y chicos, cada tarde. Terminaba de atender y salía a hacer su ronda, a veces sumando a alguno de sus hijos y un amiguito, que lo esperaban obedientes en el asiento de atrás de su Ford Falcon.
Pero, claro, la medicina ha evolucionado.
La ciencia nos sorprende cada día con sus avances.
Nuevas vacunas, técnicas, procedimientos, impresionantes métodos que alargan la vida.
Y se entiende que todos tenemos que trabajar para vivir, pero…¿cuántos límites éticos y humanos se vulneran cuando se elude el buen trato y la sonrisa al paciente?, ¿cuándo se lo apura, cuándo no se lo mira?
La curación debiera ser un acto sagrado, no el trámite más parecido a hacer la fila en el supermercado y pagar la cuenta.
En este tiempo en que la salud se ha convertido en otra industria, donde el eje no está puesto en el enfermo, con turnos on line a largo plazo, con interminables esperas, con obras sociales convertidas en máquinas de impedir para agotar a los pacientes, con burocracia elevada a la máxima potencia, con laboratorios que lanzan novedades incomprensibles, con vacunas para ricos y para pobres, con auxiliares y personal no médico al que le falta tino y amabilidad, con gente más ocupada en el cuánto que en el cómo…aquellos profesionales inolvidables por sus gestos y su humanidad (y como ellos, tantos otros) son semidioses momentáneos.
Pero también los empleados que allanan un camino, las secretarias que hacen un huequito en la agenda se transforman en guías amorosos a la esperanza.
En este océano de vaivenes que podemos vivir los seres humanos no afirmo que la ciencia no vale, todo lo contrario, creo firmemente en ella.
Sucede que intuyo que, la escucha atenta o la mirada sostenida unos segundos en el paciente es lo que hace la profunda diferencia, a veces.
En el camino oscuro de la enfermedad, entre la ciencia y el arte de sanar, hay siempre un abismo, una bocanada de muerte o una eternidad de vida.
Un instante de agradecimiento a todos los que en la gran pandemia no olvidaron que son parte de la manada de la humanidad.