Edición especial: El Tribuno 50 años
José Brizzi
En la casi aldea de 1949, cuando nació este diario, ir al cine era una de las formas de reunión y de vida social para muchos de nosotros, tanto como concurrir a las vueltas domingueras en torno de la plaza 9 de Julio. Inclusive el cine y la plaza se integraban, se complementaban.
Es cierto que de este ritual no participaba toda la población, ni siquiera la mayor parte, pues cada grupo tenía sus actividades y sus preferencias, pero resultaba una manifestación simpática de costumbres sanas y hasta hay quienes afirman que el cine y la plaza contribuyeron significativamente al crecimiento demográfico.
Las salas de cine cambiaban su programación lunes y jueves, lo que indica que trabajaban todos los días con recaudaciones satisfactorias o suficientes, aunque los fines de semana venían las jornadas fuertes con localidades completas en dos secciones (selecta a las seis de la tarde y noche a las diez menos cuarto) y tres —contando la matinée— los domingos. Claro que no era todo uniforme, pues cada sala tenía su propio carácter y en algunos casos su propio público.
Basta decir que la entrada a platea del Victoria costaba 1,90 de aquellos pesos moneda nacional y al Balcarce setenta centavos, con toda una escala intermedia en los distintos cines. Además, los programas estaban permitidos o prohibidos por edades, según la arbitrariedad de la censura, bastante rígida en aquellas épocas. Inclusive los horarios de ingreso estaban sujetos a regulaciones, pues a la noche no podían concurrir menores de dieciséis ni para ver “Blancanieves y los siete enanitos” si no iban acompañados por mayores.
Al recurrir al archivo de El Tribuno encuentro que en 1949 la cartelera ofrecía las funciones del cine Victoria (el más elegante y, por ende, el más caro), el Güemes con sus plateas y palcos, el Alberdi que subsiste gracias a una decisión comunitaria y deudas acumuladas, el Florida remodelado más de una vez, el Balcarce que era el más modesto. Y el cine Argentino, que se especializaba en películas nacionales y de la Metro.
Seis cines grandes para una población de noventa mil personas. Sin contar una sala que abría de vez en cuando frente a la plaza Gurruchaga, el salón del Colegio Salesiano y el cine rodante que se trasladaba de barrio en barrio y de pueblo en pueblo, casi con heroísmo.
Los recursos técnicos más avanzados estaban incorporados a los cines del centro (Victoria, Güemes y Alberdi). Pero ofrecían también otros lujos: el señor que controlaba las entradas y el chocolatinero parecían almirantes de la Armada Británica, las alfombras rojas cubrían los pasillos y lujosas lámparas alumbraban los intervalos; para no desentonar, los varones concurrían de traje y corbata, mientras las mujeres vestían como para una fiesta de gala. El acomodador recibía propina por guiarnos hasta el asiento y entregar el programa con avisos comerciales. A nadie se le ocurría llevar gaseosas y papas fritas para fastidiar a los demás.
En aquel año de gracia (1949) el más reciente adelanto en la pantalla era el tecnicolor, aunque todavía predominaban las películas en blanco y negro, que recogían preferencias entre los amantes del buen cine, porque su tratamiento —al menos así lo afirmaban— permitía destacar virtudes y estilos de buenos directores, fotógrafos e intérpretes. Finalmente, el color fue imponiéndose junto con las pantallas cada vez más amplias mediante los sistemas llamados pantalla panorámica, vista visión, y varios otros hasta la llegada del cinemascope en septiembre de 1956, que no fue tan triunfal ni respondió a las expectativas (quizás exageradas) que abrigaba el público salteño.
Durante muchos años, sin embargo, el cine siguió siendo el espectáculo preferido. Después el transcurso del tiempo trajo inevitables modificaciones en los hábitos y preferencias, las grandes salas son impensables y el público masivo que las colmaba sólo aparece de cuando en cuando.
Antes de la sección noche o después de la sección selecta, la plaza 9 de Julio se convertía en el centro de reunión, el gran teatro donde los concurrentes eran al mismo tiempo actores y público. Se sumaban a la vuelta obligada los que salían de las diversas salas, los que esperaban su horario para entrar a otra función y también aquellos que no habían podido ir al cine o directamente preferían el paseo placero en sí mismo.
La banda de la Policía de la Provincia ejecutaba sus retretas, los niños jugaban entre los canteros, los padres miraban desde los bancos y los jóvenes trataban de encontrar los atisbos de un nuevo romance, con éxito variado, pero alimentando esperanzas siempre nuevas.
Ahora ni el cine ni la plaza son epicentro de la ciudad aldeana, porque las costumbres han cambiado con el crecimiento urbano y el transcurso de los tiempos. Por ello esta breve memoria, este recuerdo de aquellas épocas es un simple ejercicio de la nostalgia, que tal vez quieran compartir quienes vivieron aquella realidad y, desde la reconstrucción de la memoria, puedan ayudar a que se salven testimonios arquitectónicos valiosos, y a que la plaza 9 de Julio recupere antiguos esplendores. Antes que todo eso, como en el poema de Borges, se anule lentamente en el olvido.