Cuando el aula grita: una mirada sobre las conductas disruptivas

Mg. Roxana Celeste Dib

Hay aulas que no hacen silencio, aulas donde los libros vuelan, las palabras se cruzan, las miradas desafían y el cansancio se instala antes de que suene el timbre. Aulas donde muchos docentes entran y otros tantos se van.

Cuando hablamos de conductas disruptivas, solemos quedarnos en la superficie, donde se puede decir “no respetan”, “no escuchan”, “no quieren aprender”. Pero pocas veces nos detenemos a escuchar qué está diciendo ese desorden.

La película Unidos para triunfar, basada en la historia real del docente Ron Clark, nos pone frente a un aula que grita, grita bronca, desconfianza, hartazgo, pero también una gran necesidad de ser mirada, reconocida, sostenida. No es casual que en esa escuela todos renuncien, no es casual que los estudiantes prueben hasta dónde llega el límite del adulto que tienen enfrente.
Las conductas disruptivas no nacen de la nada, son rupturas del encuadre escolar, sí, pero también son mensajes. Mensajes de chicos y chicas que muchas veces viven en contextos donde el límite es violencia, la palabra no alcanza y la escuela aparece como un espacio ajeno, lejano, sin sentido.
Tirar un libro, interrumpir, desafiar al docente, reírse del otro, no traer materiales, llegar tarde, no son solo faltas, son formas de decir “no me pasa nada acá” o, tal vez, “no sé cómo estar acá”.

Ron Clark no transforma su aula con recetas mágicas, lo hace quedándose. Quedándose cuando todo invita a irse, construyendo vínculo, poniendo límites claros, creyendo en estudiantes de los que nadie parecía esperar nada. Y esto es clave, no idealiza a sus alumnos ni romantiza el conflicto, lo enfrenta, lo nombra y lo trabaja.

La película, aunque tiene ya algunos años, nos recuerda algo fundamental, la autoridad pedagógica no se impone, se construye, y se construye con presencia, coherencia, palabra y esperanza. Pero también nos obliga a una reflexión incómoda, no todo puede recaer en el heroísmo individual del docente. Cuando la disrupción se vuelve constante, es la institución la que necesita revisarse.

Hablar de conductas disruptivas es hablar de escuela, de contexto social, de desigualdades, de infancias y juventudes que crecen en escenarios complejos. Es preguntarnos qué lugar ocupa hoy la escuela como espacio capaz de alojar simbólicamente a estudiantes con historias, conflictos y realidades diversas
En Salta hay docentes que, como Ron Clark, eligen quedarse en escuelas donde el cansancio se acumula, donde los recursos no siempre alcanzan y donde el reconocimiento social muchas veces es escaso, docentes que sostienen el aula aun cuando el aula duele.

Quizás el mayor aprendizaje no sea cómo controlar el aula, sino cómo volverla habitable. Un lugar donde el conflicto no se niegue, pero tampoco expulse; donde el límite no humille, y donde enseñar siga siendo un acto humano. Porque cuando el aula grita, no pide castigo, pide escucha.

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