Julio César Luzzatto
Bíblico por lo austero y por lo franco;
porque te veneraban y temían;
Eras bíblico! bíblico por tu alma,
de Job, pero de un Job de rebeldía;
por tu vejez gloriosa de melenas
y de barbas mosaicas; por tu erguida,
noble silueta de varón hebreo
que descubría cabezas en donde iba;
por la azul llamarada de tus ojos,
que eran seda al llorar una poesía,
y eran fuego al brillar en un combate;
por tu pecho ensanchado de hidalguía;
por tu verbo solemne que vibraba
con las cuerdas de bronce de tus fibras;
mientras se alzaba tu índice profético
hacia el triunfo de un sol o de una cima;
por tu lira sonora donde tu alma
desflecaba su música infinita,
¿no encontraste tu lira, por ventura,
del Mar Rojo en las ásperas orillas?
¿fué Salomón talvez quién la sahumara
de un perfume de rosas y de viñas?
por el nervio y el alma de tus luchas,
por el alma y el nervio de tus rimas!
X . . . . X . . .
Y en la muerte te hundiste serenamente, viendo
los horizontes rubios de una tarde pampera,
mientras una nostalgia de montañas y valles
cruzaba en una lágrima por tus pupilas viejas!
¡cómo se habrá endulzado tu muerte de añoranzas,
El soñar con los versos que supiste cantar
allá en tu juventud romántica y distante,
en la lira pagana del viejo Omar Kahallan!
Y en la muerte te hundiste serenamente, el último
miraje de tu vida que te hizo sonreír
con la sonrisa amarga de tu filosofía,
abría ante tus ojos su panorama gris:
Tus luchas eran grandes volcanes apagados,
y sobre ellos, sus alas formidables movía
callado y pensativo, el cóndor de tu genio,
con la pupila escéptica de mirada sombría.
Y te fuiste sereno, como se va una tarde,
con la sonrisa amarga de tu filosofía!