César Fermín Perdiguero
De noche, a veces, de solo estar, uno hecha una mirada nostálgica sobre el recuerdo de la Salta de antes, y entonces, cariñosamente, repasa los lugares, las esquinas que supo frecuentar cuando era chango. Y se acuerda, por ejemplo, de esos viejos bolichitos ya perdidos en el tiempo. Vuelve otra vez a aspirar sus perfumes de yerba guardada, de fiambreras taquiadas, y saborea la esencia de ese humilde recinto, que tenía para los chicos de mi tiempo, muchos y dulcísimos atractivos.
Ahora, cada vez que me mandan a comprar algo que está faltando pa’parar la olla, cada que me mandan al almacén, a la despensa del barrio, porque siempre uno está bajo la férula de las sonrientes dictaduras domésticas, me acuerdo de aquellos lejanísimos días, en que caíamos al almacén de don Rómulo Echenique del brazo de la abuela que iba a hacer las compritas.
Yo me paraba al lao del mostrador, y desde ahí, dominaba la escena. Lo primero que vichaba era pa’ el lao del tarro i galletas, de esas de dar la yapa que estaban ahi… cuadradas, grandes, llenas de salud!! Además, se me iban las ganas por esas maravillas que encerraba la vieja fiambrera de tela metálica: quesos de Amblayo, medios baqueteaos, unos arrollados tentadores, mortadelas hermosas y qué se yo…
Después, había unos enormes cilindros de yerba. Las alpargatas coloradas, apiladas ahi y en un rincón un par de maistritos albañiles saboreando… chochos de la vida, el vinito manso del atardecer. Calladitos estaban… pensativos… fumando cada cual su cigarrillo industrial, los barbitas, que le decían.
La abuela comenzaba a pedir lo que le hacía falta: -Un kilo de grasa, tres kilos de harina, claro pa’ amasar, pa’ amasar esos bollos riquísimos, que ella sólo sabía hacer.
-También déme un medio kilo de sémola amarilla, decía mientras me imaginaba un anchi rebosante que me iba a regalar al otro día.
-Un kilo de maíz pelao, pa’ la mazamorra, exclamaba yo mentalmente, mientras el bolichero gordo, alegre, livianito como una bailarina, iba envolviendo todos los pedidos en burdos pliegos de papel de estrasa, con el que envolvía, artísticamente, con habilidad prodigiosa, toda esa mercadería.
La abuela seguía pidiendo:
-Fideos tallarines, que si salsa de tomate, una latita de aceite Vaos y, también, me va a dar medio kilo de frangollo, agregaba, pal tuco, anotaba yo en la profundidad de mi golosa imaginación.
Seguía pidiendo cosas la viejita, no muchas y cuando terminaba de acordarse de lo que le hacía falta, le decía al bolichero:
-Tá bien don Rómulo, aura anótemelo, y desenfundaba la libreta en la que el bolichero escribía lentamente… con un lapicito moto y petisito, los gastos que había hecho su clienta.
Pero antes, de que hubiera terminado de decir mi abuela: “basta”, “anótemelo”, yo ponía en libertad las palabritas, que estaba desesperao por pronunciar desde que había entrao al boliche:
-Déme la yapa!!
-Churo, no?