El antigal otra vez

Por ARIEL PETROCELLI (*)

En tus viejos brazos se quedó el ayer, rescoldo del alma arisca que se fue. El tiempo en tus manos solas, quedó tendido sobre la luz, sangre reseca en la mañana llorando siglos a la voz del Sol. El grito inca, estremeció el dolor.

Y se detiene el instante de tres siglos. La caída de la estrella, perpetuada en los signos y en las terrazas.

El último diástole retumbó desde el principio del Norte, hasta el fin del Sur. Después, el tiempo comenzó de nuevo, se bifurcó en su cronometría: el tiempo aquel que fue y el otro que nunca existió.

En el tiempo inexistencial, la llave de la Luna abrió una y otra vez las puertas del mar y del trigo. Los sucesos llegaron cuando ya todo había sucedido. Cuando la hembra cerró su vientre y por la frente se desangró.

Ni este Sol era el amo sideral, ni el cardón su flor bellísima vencedora de la aridez.

El olvido, y nunca tanto olvido, sobre las huellas de los sembradores de la Luna y de los ingenieros fantásticos.

Los quipus de contar las galaxias, la upamarca para el profanador del erario público, la salud y la cultura.

A veces una caja desgaja la tritonía y la flauta de caña su pentatonía de hablar la música del agua y el sonido del amor. El locro que sostuvo el paso continental y la baguala solamente pronunciable para el alma superior.

El instinto observa por los intersticios de los menhires a la civilización incivilizada, y calla y piensa y aguarda.

Como hemos nacido aquí, nuestro origen ocurrió en el tiempo que no estaba. La memoria de la sangre tantea su pasado y sólo alcanza una arena que se mete bajo de las uñas y la lengua reconoce en el vino la sonrisa tatarabuela que nos proyectó a la infinitud. Desolados de historia, llegamos siempre sin comenzar nunca. Repartidos en ciudadanías admiramos al invasor, en los despojos del innacimiento.

A estas horas de la vida, tirita su agonía el siglo, y aquí estamos, rumiando la costumbre; prohibida la vida popular, amando lo extranjero y aceptando el destino, como si el destino fuera decisión de pitonisas. A estas horas de la vida sentimos que nos falta la cronología, ese olor para reconocer a la madre y ese horizonte para colgar el final.

Nos falta el odio y la comprensión que merecimos tener como síntesis de la tragedia. Después de cinco siglos, el tiempo existencial vuelve a nosotros.

Le avisa al mundo que estuvieron, que a pesar de todo permanecen intactos la inteligencia, el corazón, la piel. Y la dimensión del imperio reaparece en el Llullaillaco, el antigal otra vez.

(*) Nacido en Campo Santo en 1937. Autor y compositor. Obras: El seclanteño, Soy sembrador argentino, Amaneciendo en Cafayate, Zamba del ángel, Zamba en ti, Crepuscular, Guagua de pan, Pregunto a la copla. Gran Premio SADAIC.

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