Al fin, hermano, al fin
he escuchado tu voz nueva, una voz de plenitud,
repleta ya del todo tuyo,
reluciente su guitarra como después de un aguacero,
limpia de calles y de sangres, tu voz hermano,
y donde? y donde?
en mi, en mi mismo, en mi casa de silencio, en mi tierra callada,
en mi ración de cielo, en mi ser, en mi vida,
pero tu voz en la delicada tarea de los pétalos,
señalando la música y los ángeles que caen en la nieve
o nombrando no más, tu casa, el perro, los jazmines, la lluvia.
Oh hermano, qué dulce voz,
de qué perfecto soplo hecha y lograda,
qué voz del dentro de tus ebrios delirios,
voz de rozar un ala, de besar el rocío,
voz de caer en el agua la rosa o golpear
embriagado en el alma.
Y era tu voz hermano
con todo tu regreso saludando mi corazón
aun.
Por eso sé que has vuelto, y estás erguido y pleno
en lo que tu soñabas como un estambre ebrio,
en las palabras tuyas que nacieron del agua
o en los versos caídos como un otoño hermoso
sobre tu sangre ausente.
Sé que estás en las flores repitiendo tu boca
y en los pájaros partes con un velamen alto
a buscar un país donde la lluvia sea
una mujer hermosa.
Sé que caminas siempre por los atardeceres
recogiendo tu mano el amor que te deshoja
y que en las frutas traes tu corazón travieso
desde cuya dulzura yo te canto,
y que puedes morir y renacer a cada rato,
porque tu voluntad es la que el trigo
conduce hacia la luz y el pan.
Y por eso tu voz se me ha vuelto este aire,
esta calle, este viento, este río,
y es de tu voz que me gano
diariamente la sangre.
Carlos Hugo Aparicio