Edición especial: El Tribuno 50 años
“TODAVÍA, LOS DOMINGOS por la noche, una banda uniformada ocupa la glorieta que se alza en la plaza 9 de Julio (en pleno centro de Salta) para arremeter con la mayor buena voluntad posible contra Bach, Mozart, o la marcha de San Lorenzo. El aire de los cerros pellizca a los bebedores de vino blanco que desde un rato antes -desde “la oración”, exactamente- se deshacen en charlas infinitas sobre las mesas callejeras de la confitería del Hotel Salta o del Victoria Plaza.
La estridencia de la fanfarria, que deambula impunemente por las recovas coloniales del Cabildo, las mil molduras caprichosas de la Catedral o la fachada sombría de la gobernación, logra, de pronto, el milagro de cautivar a alguna de las parejas que desde mucho tiempo atrás celebran la “vuelta del perro”. Es día de fiesta y Salta – “La Linda”, según se atribuye al dialecto aymar- cumple con el oficio de vivir, a 388 años de su fundación, otra jornada más de su existencia híbrida: mezcla de atraso y tradición, promesa y realidad, un mundo con reglas de juego propias confinado a 1.600 kilómetros de la Capital.
“De Salta se dicen muchas cosas, pero la mayoría no son ciertas”, se quejan a menudo sus habitantes, algo más de medio millón. Es que la gente del “Sur” (la de Buenos Aires o de cualquier otro punto del mapa que le quede cerca, o debajo), sólo recrea una imagen bucólica de la provincia: Salta es el gaucho y el caballo, montañas por aquí y por allá, vinos, ponchos y guitarras. Y nadie tiene la culpa de que en la última década -y no antes- la provincia comenzara a dar señales concretas de vida a través de sus canciones y conjuntos folclóricos.
Más aun: es difícil erradicar esa imagen idílica que se tiene de Salta cuando un nativo, medio en serio y medio en broma, asegura: “La única industria que tenemos es la de los bombos, zambas y cantores”. La realidad es otra. Cualquiera sabe (lo pregonan los libros de historia y los folletos turísticos) que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII la zona cobró importancia por una razón vital: se erigió como nexo obligado para comerciar con la costa del Pacífico y, en especial, con el Alto Perú. El fenómeno provocó un boom inmigratorio, centuplicó la actividad agrícola-ganadera, insufló bríos a la provincia incipiente. En realidad Salta estaba, como se ha escrito, “signada por un destino de grandeza”.
La historia, sin embargo, detuvo más tarde las ruedas de ese rutilante futuro, aletargó sus estructuras. Ahora resulta dificultoso sacudirse esa modorra. La economía de la provincia se recuesta sobre la producción tabacalera (14 millones de kilos al año), que corre el riesgo creciente de abdicar ante el fantasma del monocultivo y la superproducción. Las cosechas de cítricos, y más aún las de verduras y hortalizas, “primicia”, que abastecen a todo el país en invierno, constituyen la segunda línea.
Porque Salta carece casi por completo de industrias: dos ingenios, San Isidro (el más viejo de la República) y San Martín del Tabacal, ambos con una producción conjunta que supera el millón de toneladas anuales, representan el único aporte mayúsculo en ese terreno.
Un panorama nada alentador frente a la tambaleante ganadería local: el auge del tabaco en el Valle de Lerma y una epidemia de rabia paralítica sin precedentes que asoló en 1961 a las regiones de Candelaria, Anta, Rivadavia y San Martín, lograron reducir el número de cabezas a escasos 500.000 animales.
Lo que nadie discute, no obstante, es que Salta tiene tantas posibilidades ahora como en el siglo XVIII. Pero son pocos los que aciertan a explicar el porqué del estancamiento.
La mayoría —incluidos los propios salteños— suele enarbolar como justificación una supuesta característica local: “el aplastamiento”. Es discutible: no todos cultivan la poesía, ni la bohemia, ni la resignación. A estas alturas ya hay dos tipos de salteños: uno, conservador o indolente, no oculta su conformidad casi total; el otro, más realista, entiende que en Salta ya es hora de que comiencen a ocurrir otras cosas. Son muchos.
(*) Fragmento del texto publicado a comienzos de 1968 en la desaparecida revista porteña “Atlántida”. Dos periodistas y un fotógrafo de esa publicación permanecieron diez días realizando consultas sobre distintos aspectos de la realidad salteña.