De poetas, escribas y letrados en los ´50

Edición especial: El Tribuno 50 años

Por Roberto Cobos

En este juego de los espejos del tiempo quiero traer al papel alguna de las imágenes que conservo de aquella ciudad rumorosa de la década del 50, que no pasaba de ser una gran aldea en la que convivían sin mayores conflictos el empaque y el señorío, el valor de la palabra dada con la picaresca, la religiosidad popular con el alticlericalismo soterrado de los liberales, la feliz abundancia de sus bates y aedas con el temor que inspiraban los dardos de sus palabras.

Una fuerza de la naturaleza

Ahí está, por ejemplo, Juan Carlos Dávalos. Más que un hombre, don Sanca era una fuerza de la naturaleza. A mis quince años cuando lo veía pasar a veces serio y adusto, otras jovial y gritón, me dejó para siempre la impresión de estar ante un gigante. Hombre, voz y mirada eran del mismo enorme tamaño. Toda esta desmesura humana inspiraba un respeto reverencial.

Yo trabajaba por entonces en el estudio jurídico de Juan Carlos Cornejo Linares- padre del ex gobernador Hernán Cornejo-, cuya amistad frecuentaba Dávalos. Así fue como llegué a tratarlo. Un día en que ni él ni yo teníamos nada que hacer, me convidó a comer unas empanadas en la pizzería que estaba en la esquina de Güemes y Mitre. Nos sentamos, mandó el pedido y me dijo que ya tenía edad para conocer a los grandes poetas. Yo estaba mudo de la emoción cuando él se largó con todo su vozarrón a recitar unos versos que eran unas loas fragorosas al vino, al amor, a las mujeres y a la celeste alegría de vivir. Ayudando la memoria con unos tragos, por momentos exaltaba el tono para luego volverse lírico y tierno.

Así pasó como una hora. Al final se lo notaba cansado, pero feliz, como los que cruzan victoriosos la meta. “ Lo que has escuchado, chango, es el Rubaiyat, de Omar Khayan, un poeta persa”, me aleccionó, pues yo creía que eran poemas de él. A partir de ese día me convertí en un vehemente lector de poesía, que es uno de los mejores recursos para descubrir el sentido de la vida.

Medios sin medios

Aparte de El tribuno, a cuyo frente estaba a la zazón, si mal no recuerdo, Ricardo Fernández Dorré, en Salta aparecían en ese tiempo otros dos diarios: El intransigente, cuyo director y propietario don David Michel Torino, un radical de prédica antiyrigoyenista y antiperonista, y Norte dirigido por Luis Victorio Giacosa, un libertario de pluma acerada.

Eran medios de escasos medios. Los servicios telefónicos eran pésimos. Las informaciones nacionales e internacionales en muchos casos eran tomadas de las emisiones en onda corta de las radios porteñas. Había que aguzar el oído para captar voces tan lejanas. Los diarios de Buenos Aires venían por tren y tardaban hasta una semana en llegar, cuando llegaban…Yo era devoto de El Mundo, un diario que a mi parecer había logrado una perfecta sintonía y equilibrio entre lo popular y lo intelectual. Hasta hoy lamento su desaparición, ocurrida en la década de los 60´.

La ciudad florecía de excelentes poetas y periodistas, oficios que a menudo confluían en una misma persona. Como en Buenos Aires con Borges, Arlt, González Tuñón, Mujica Láinez, Marechal, tantos otros, en Salta profesaban las dos luces de bohemia gente como Manel J. Castilla, Julio César Luzzato, Walter Adet, Guillermo Villegas, o bien (mal) vivían de la docencia Juan Carlos Dávalos, Roberto Albeza, Gustavo Leguizamón.

El Cuchi, hace de abogado

El querido y admirado Cuchi, se valía mas de su condición de abogado. Impecablemente trajeado, luciendo cuidada barba y el saludo matutino de una flor en el ojal, iba a los tribunales que funcionaban en la planta baja de Mitre 550. Según fueran el color de los gobiernos, era o no era abogado del Estado.

Recorría los pasillos silvando y hojeaba los expedientes riéndose a carcajadas de los vistos y considerandos, como lo hacía también de las cosas que se le ocurrían en esos momentos y que los demás mortales no podíamos adivinar. Por ahí salía con una reflexión que desacomodaba a todo el foro salteño. Pero eran cosas del Cuchi, a quien todo le estaba perdonado y justificado de antemano. Ambiente tribunalicio que vio litigar a grandes letrados: Ernesto Teodoro Becker, Atilio Cornejo, Cristian Puló, Francisco Uriburu Michel, Arturo Michel Ortiz, Lídoro Almada Leal, Raúl Fiores Moulés, Cornejo Linares. Sus escritos eran no solo grandes piezas jurídicas sino también espléndidas piezas literarias.

Una muy conocida señora

Durante un año trabajé con Becker, un auténtico gentleman que toleró con simpatía mi ingenua y cerrada omnipotencia de adolescente y mi vocación de activo cuestionador de todo lo divino y humano. Fue trabajando con él que vi por primera vez a un personaje mítico de Salta. Fue la tarde en que Santiagio Fiori, el procurador del estudio, me dijo -yo andaba por los catorce años con fingida seriedad-: “Dentro de un rato va a venir una persona que te conviene conocer. Nosotros le llevamos el juicio de divorcio”.

No dio mas datos. Llegó la hora anunciada y vi entrar a una señora vestida de pieles y seda y alhajada con toda clase de aros, collares y anillos. No había dejado ni un poro de la cara sin maquillar. Estaba atiborrada de pinturas y coloretes y repartía sonrisas y saludos a granel. Parecía haber entrado la gran duquesa.

Detrás de ella, con atuendos elegantes, discretos, apareció una hermosa mujer de unos 24 años, que por lo visto oficiaba de acompañante.

Don Santiago recibió cortesmente a las recién llegadas y me presentó. “Este muchacho estaba deseando conocerla, señora”, mintió. Todavía sorprendido por esta espectavular aparición, atiné a escuchar las palabras de la gran duquesa: “Encantada, soy la señora María Grinstein de Lemer”. Frente a mí estaba la famosa Rusa María.

Salta es Cultura